Todos vieron al pez de plata
Pero nadie me dijo cómo era.
Todos, bajo el tunulto de las nubes, vieron al pez de plata
y apuntalaron redes y navajas para cazarlo.
Ya cerrada la noche los pescadores
hurgaron el abismo con sus dedos de seda.
La carnada infeliz, desamparada,
huyéndole a la noche,
trazó como soldado desarmado su último sueño.
El pez, barba rielante.
El pez, cáscara espléndida,
se deslizó anhelante
bajo la tabla del funesto remo.
Cuando picó el anzuelo y mordió el fondo
lo sacaron del agua, lo desollaron vivo sin hablarle
y cantaron su muerte.
Ya sin temblor ni escamas,
rodeado de limones y cebollas,
hierático en la mesa, mudo y ciego,
nos sorprendió su olor, su sangre tinta,
su humor de piedra decidida y limpia.
Todos vieron al pez de plata
y llenaron su vientre con sus latas,
su cilicio, un tazón de aceite hirviendo.
Cegados por el hambre y la arrogancia,
ya dándole por muerto,
se tragaron al dios sin conocerlo.
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