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Para hablar contigo, hermano.
11 de mayo, 2003
Para hablar contigo, hermano,
tengo que rasguñar la ternura,
recuperar la lluvia insomne,
recordar a mi madre.
Mi soledad no sirve para hablarte,
como extraños pájaros mis palabras
se equilibran en tu risa.
Crece tu voz y a barlovento
detiene mi huida hacia el fondo
a la ciudad de la niñez
donde duele un pequeño animal aullante.
Tu cariño evade
los huecos de la ausencia.
Y lento, en el rompiente de la ola,
en el solo aire de la cordillera
formamos otra vez un círculo
de islas y de niños.
Tu desde la fría y mojada largura del sur,
yo desde acá, en el país de nunca.
De súbito, en la sorpresa de escucharme
una ola de plata suena en tu hablar
como la voz clara de mi hijo,
como el recuerdo de la sonrisa ancha de mi padre.
Por eso no te hablo con mi lenguaje de soledad,
arremolino mis palabras
con sabor a las guindas rojas
que maduran en tu patio.
Construyes un acantilado encrespándose de olas
en el amarillo líquido del atardecer.
Recupero la lluvia salada de viento
que revolotea
en el cementerio de los padres.
Ya nada existe, sino este entrecortado
armar la familia cuando hablamos.
Certero lenguaje
nos cobija en la marea tibia
de las seis de la tarde.
Cazador-Adelantado
Lo conocí
al borde del día en bruma de miradas,
envuelto en el sopor de la tarde, en el nerviosismo de una chaqueta blanca.
Era el cazador adelantando su deseo de fugitivas mujeres suspendidas.
Era el Adelantado que soñaba a la diosa en la curva del arco en los espejos italianos
y buscaba su deseo en el tiempo de la guerra florida .
Lo encontré otra vez al filo de la arena, tiritando de frío en el agua azul de un trópico repetido en el Egeo.
Siempre en los lugares donde la esquina se sobresalta de relámpagos azules,
donde la mirada sigilosa del cazador musita la plegaria desgranada
como un mango dulce y orgásmico,
lo contemplo alcanzando madonas rientes en hálito de montañas.
Lo he visto tantas veces con las manos desnudas y los dedos
hambrientos de placer.
Me reconoce apenas desde lejos, desde el equilibrio vulnerable donde
otea a la cervatilla que lo seduce,
donde el sutil guerrero acosado convoca.
Se hunde otra vez tras un vuelo de alcatraz, vuelto alabastro duro y solo,
la noche y la luna relumbrando en vano.
Lo volveré a encontrar en el logos,
orando en el cenáculo,
discutiendo en la polis
porque París ya no existe,
solo
la redonda dorada manzana del deseo.
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