[Confluencia]

  Vivientes



Vivientes

ESTHER ANDRADI
Berlín, Alemania

                                           

Estaba escribiendo otro libro cuando llegaron ellos, los Vivientes. Emergían en mis sueños, eran andróginos y se movían como una multitud desplazándose desde un horizonte que amanecía. Seguro por la luz de la aurora sus trajes parecían azulados, levemente agrisados, y se acercaban en V, como una formación de pájaros. Qué quieren les decía yo, perpleja, mientras venían a mí.
     No te olvides de nosotros, susurraba uno de ellos. Y abría la mano y en ella había una moneda dorada, brillante.
     Se fueron metiendo en la historia, una larga historia de aventuras en un mundo de catacumbas y de luz que aún hoy sigue inconclusa. Al principio se camuflaban pero al revisar lo escrito noche a noche les quitaba la cáscara.
     No pueden quedarse aquí, les decía, como se habla a un hermano menor de sus límites.
     Como el ordenador lo permite, pasé bastante tiempo de aquel año 1999 quitando de la larga historia aquellas postales de un país que mi corazón se resistía a dar por perdido.
     Después de veinte años de ausencia, el tiempo que no viví en Argentina, es de esperar que las cosas hayan cambiado y muchas veces para bien. Así que no quería ni añoraba el tiempo pasado pero me costaba entenderme con el presente sobre todo desde el punto de vista práctico. Donde conseguir sábanas, qué pasó con mi casa, los pequeños negocios, quien hace la estanterías,...Constaté entonces que no solo habían desaparecido amigos, sino que la ciudad se estaba devorando su arquitectura y dejando en negro las ventanas, un mundo de rejas, y me resultaba difícil aceptar el "todo por dos pesos" como único reemplazo del mundo que había conocido.
     El mercado se había devorado a "los mercados," el país se derrumbaba y comencé a remover los escombros y a ver en cada piedra la marca del monstruo depredador de la moneda nacional, los mercaditos del barrio, el barrio mismo y antes habían sido los sueños y la infancia y la moviola tomaba velocidad hasta quedar detenida en una imagen: la foto de una ruina. Una casa devorada por el tiempo.
     Pero ellos, los Vivientes, seguían llegando. Venían cantando un tango. "Naranjo en flor."
     "Primero hay que saber sufrir/ después amar/ despues partir/y al fin andar sin pensamiento." Andar sin pensamiento, la llave del nirvana nacional.
     Y otro tango, que escuché en mi niñez y ni siquiera sé cómo se llama, –orquesta típica de Juan D'Arienzo–, y dice así:

     A un lejano país te fuiste un día
     para olvidar tu pena y tu quimera,.
     En donde te hallarás errante pasajera,
     en qué lugar del mundo...

     Así que los fui subiendo a un colectivo, un vehículo rojo y verde como la línea 209 que me llevaba y traía a mi casa era estudiante en Rosario y los agrupé bajo un nombre genérico. La moviola. Otro aparato en desuso para evocar a los Vivientes con la velocidad que necesitaba.
     Por aquellos meses leí un artículo de la guatemalteca Laura Asturias que hablaba sobre un último descubrimiento arqueológico: Evidencia de textiles en la Edad de Hielo. Un importante grupo de investigadores coordinado por Olga Soffer había "descubierto" que el tejido ya era parte de la vida cotidiana de los cavernarios quince mil años antes que lo que se suponía. Un descubrimiento revolucionario donde se lo mire, no solo por el hecho en sí, que cambia la imagen del macho envuelto en pieles por otro que lleva un pullover tejido por su amada, sino también por la mirada de la ciencia que dejaba de poner sus ojos en los grandes sucesos y se fijaba en lo pequeño para encontrar a partir de lo "descartable" la existencia de algo que siempre había estado, solo que nadie antes se había ocupado de ello. De pronto el trabajo invisible adquiría un valor inmenso y alumbraba la caverna desde otro lugar.
     En mi corazón fue cobrando importancia lo perecedero, todo aquello que se hace de dia y se borra por la noche, lo que se produce y lo que se consume, la invisibilidad de las acciones que generan un producto, todo lo que es utilizable, desaparece, es parte de lo práctico y cotidiano y está destinado a morir. Sólo los monumentos permanecen incólumes. Porque son inútiles.
     Este libro comienza con una cita que es también un agradecimiento. En 1980 conocí a Eva Vigo, socióloga peruana que había ido a París a estudiar y ahí se quedó. Ella había sido testigo del mayo francés y partícipe activa de la universidad construida desde aquella utopía estudiantil en el bosque de Vincennes. Habíamos caminado hasta allí hablando de aquellas pérdidas que nos unían y al llegar a un claro del bosque, Eva señaló el inmenso descampado, verde como si estuviera pintado. Allí había sido edificada -y después desmantelada- la mítica Universidad

     Ves? –me dijo Eva– ya creció la hierba–

     Me estremecí y la abracé. El primer viviente acababa de aparecer. Pero recién en marzo del 2000, cuando Eva muere, supe que aquellas palabras eran el sello, la puerta para subir a ese colectivo que se llama Sobre Vivientes. Sentí entonces que construir un mundo sobre lo perecedero es duro pero eterno. Porque si aprendemos a mirar, sólo aquello que perece, vuelve a nacer.


For information on this page: Ester Gimbernat Gonzalez
Page last updated on: October 21, 2000


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